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miércoles, 2 de enero de 2019

AVENTURAS EN LA MARYGALANTE Cap. 14


Querid@s Seguidor@s

¡¡FELIZ 2019!!

Es un placer seguir navegando con vosotr@s!







Desde tiempo inmemorial los puertos han sido lugar de intercambio por excelencia. Por pequeño que sea tiene una energía especial, que proviene del gran trajín a todos los niveles. No sólo se han intercambiado todo tipo de mercancías tangibles. Cada ser que ha pisado un puerto, ha traído o dejado innombrables sentimientos, pensamientos, sensaciones; un cúmulo de energías que a pesar de no ser perceptibles al ojo, a poco que aquietes los sentidos, las puedes notar.

Cierto que hay seres más sensibles que otros a esas energías, y por esto el almirante Ragismund Jasper O' Brian, que conocía personalmente la totalidad de los puertos de la República Komorial, el Reino de Albión, la Marca Carnyx y la Federación de Naciones Boreales, llevaba un diario donde anotaba las impresiones captadas en cada uno de ellos. An-Dro era, sin lugar a dudas, el más elitista, refinado y exclusivo de todos los puertos.

La seguridad era tan exhaustiva que marcaban tres periodos de cuarentena a lo largo del año. El protocolo de entradas y salidas era de los más tediosos, y conseguir atraque una labor para la que tenías que hacer un acopio extra de paciencia.

Una de las normas del puerto era que los oficiales debían vestir el uniforme de su rango y la marinería el pañuelo con la bandera del barco al que pertenecían, de esta manera era fácil de averiguar dónde enviar los avisos, notificaciones y multas de las posibles infracciones cometidas por los tripulantes.

El almirante esperaba a su segundo al pie de la pasarela cuando notó una de esas energías, que aunque no la podía ver, la tenía tan dentro de su ser que la reconoció al instante. Se giró, dando la espalda a la pasarela, y observó con una sonrisa cómo su hija venía corriendo hacia él, tal como siempre hacía, cada vez que lo encontraba de manera inesperada.

Era un rasgo de ella, desde niña, que había aprendido a dominar con el tiempo y varias amonestaciones, ya que se consideraba una actitud vulgar e inadecuada ir corriendo al encuentro de una persona. Lo cierto era que no podía haberlo heredado ni de él ni de su madre, ni de las generaciones anteriores de O'Brian o Biendonado, de modo que podía decirse que era lo que la convertía en única en su especie. Larimar tenía la capacidad de saber comportarse con corrección en cualquier lugar y situación, podía pasar desapercibida si así lo quería, pero aquel entusiasmo explosivo seguía en su interior, dispuesto a mostrarse a la menor ocasión.

Si era honesto consigo mismo, al almirante O'Brian le parecía delicioso que su hija mostrase tan a las claras lo mucho que se alegraba de verle. Abrió los brazos y con una amplia sonrisa recogió a aquella personita tan importante en su vida.

¡¡¡ Papá!!! -Larimar abrazó con fuerza a su padre y éste la apretujó aún más.
- ¡Mi niña!

En el coche, la Sra. Lotte se sintió en la obligación de informar a Opalena de la situación.

- Es su padre, el almirante Ragismund Jasper O'Brian, de la Flota Naval del Reino de Albión, antes lo fue de la Marina Mercante, pero tuvo ciertas diferencias con el resto del almirantazgo y dimitió. El rey de Albión no se lo pensó dos veces en cuanto supo que había dejado su puesto y como la Atrevida es de su propiedad, la marina perdió un excelente oficial y la mejor de sus fragatas. En principio, la capitana la heredará cuando su padre se retire por completo.
- ¿Por qué dices “en principio” Emma? ¿Podría ser que llegado el momento no la heredase? ¿Tiene otros hermanos la capitana?
- No, que yo sepa, pero al tener a su cargo a La Marygalante es posible que decida ceder la Atrevida a otra persona. Es una de las razones por las que Larimar ha recibido varias peticiones de matrimonio -la mujer hizo una pausa para disfrutar de la curiosa mirada de Egane- sé de buena tinta que Lord Alaisse Tobar de Bajoterroso se lo pidió el mismo día en que se licenciaron, allí delante de todos sus compañeros y la plana mayor del Almirantazgo, y ella le dijo: "Lo siento, soy demasiado joven para casarme". Kuncita cuenta que cuando en el baile de graduación le insistió le dijo otra vez que no, pero que ha seguido insistiendo durante los años que han pasado y hasta el momento Lord Alaisse sigue soltero...

Por la borda de la Atrevida apareció Fidelius Bridge, el segundo de a bordo de la fragata, y se encontró la tierna escena. En un primer momento le sorprendió la actitud del capitán, pero enseguida reconoció el moño de Larimar, un peinado anticuadísimo, pero muy útil en un barco y con el que habían bromeado a menudo. En más de una ocasión Fidelius la había amenazado con tirarle del moño si no acababa sus tareas. Decidió esperar a que padre e hija se pusieran al día, así que volvió a su camarote.

Tras un minuto y 45 segundos de abrazo, el almirante restregó el flequillo de la capitana y se quedó observándola un momento.

- ¿Cómo es que estás aquí vida?
- Necesito mapas. Voy a hacer un servicio especial para la Comandancia. He tenido algunos problemas y se estropearon los mapas que me dieron. Voy a pedir copias.
- Tienes el libro de rutas.
- Sí, pero ya es un poco antiguo y además la ruta a Hobrén no coincidía con los mapas de Comandancia.
- ¿Hobrén? - el almirante miró preocupado a su hija- ¿Estás segura de que quieres ir allí? ¿Lo sabe tu madre?
- ¡Oh papá! ¿También tú? ¿Dónde ha quedado lo de "todo merece una oportunidad"?
- Cariño, de todos los lugares con mala reputación Hobrén está en primer lugar, y aunque no fuera así está en el extremo de la galaxia, es la zona más dejada e inexplorada, puede pasar de todo allí.
- Y así seguirá hasta que alguien vuelva a ir, trace una ruta segura y explore un poco.
- No me gusta, no me gusta nada. Pero desde un punto de vista práctico, tu nave es la más indicada para un viaje así, ya que es la más versátil. Y seguramente eres la única oficial que le interese hacer un viaje que posiblemente no deje grandes beneficios. Cariño pienso que te has dejado enredar.
- Puede ser, pero La Marygalante insistió en querer hacerlo y es la primera vez que pide ir a un lugar.
- Ciertamente curioso, pero no estáis en puerto.
- Con la cuarentena me han denegado el permiso, pero espero que podamos atracar en cuanto salgan algunos buques. Esperar los mapas nos va a llevar días y necesito carenar a La Mary para repasarle el calafateado, Egane actuará en la Noche de la Música... ¡Oh! Tengo a las chicas esperando en el carruaje -Larimar le señaló a su padre el vehículo que seguía esperando con el resto de pasajeras- y quiero ir a la comandancia antes de que cierren a pedir la instancia...
- Pues no pierdas tiempo, hagamos una cosa, ve a terminar tus recados y hacia las seis nos encontramos en la Cholaressa y acabamos de hablar de todo con calma. Venid todas que os invito.
- ¡Gracias papi!

La capitana besó la mejilla de su padre, se dieron otro abrazo y Larimar volvió al carruaje a paso bastante ligero. Una vez instalada en el interior, y retomado el camino al hotel, la capitana se disculpó e informó de la invitación a la mejor chocolatería de An-dro, la única que podía competir con el Antro de Emmerald.

En el Montanha les recibieron con la habitual cortesía, eficaz y fría, que caracterizaba aquella ciudad portuaria. Les entregaron una carta del Ateneo, en la que se hallaba el permiso especial para Egane, lo que indicaba que Kuncita había priorizado la gestión y que Clarissa, su novia, tenía ganas de complacerle. Ciertamente el encanto del segundo les habría muchas puertas y agilizaba los trámites.

Larimar se despidió para ir directa a Comandancia y adquirir las instancias necesarias para los varios asuntos de la nave. Egane, tras dejar su equipaje, salió hacia el Ateneo. Quería preparar todo lo necesario para sus instrumentos, ensayos y conocer su sala de trabajo. Emma y Opalena decidieron quedarse en la habitación.

- Tengo tanto trabajo Opalena que no quiero desperdiciar ni un minuto. Aún me queda terminar la camisa de Ereleig y un fragmento bastante amplio del bordado pero tú puedes ir a dar un paseo.
- Le puedo ayudar, si quiere, ahora no me apetece pasear.
- Si me ayudas con la banderola te lo agradezco mucho. Puedes acabar la banda de enmarque que es toda a cadeneta y así sólo tendré que terminar las figuras y el trocito de fondo. Muchísimas gracias, así puedo ponerme con la camisa e ir avanzando.

La mujer sacó el bastidor y su caja de labores. Opalena se instaló cómodamente en uno de los sillones junto a la ventana, donde recibía una estupenda luz, y enhebrando la aguja continuó con el bordado. Emma colocó su máquina de coser en la mesa y aprovechó el diván para dejar las telas.

Larimar recordaba bastante bien las calles de An-Dro, pues tenía bastante buena memoria espacial. Cruzaba el Pasaje de la Extranjería, cuando reconoció, a pocos metros de donde se hallaba, a la tortuga de Mocheil Indi, que caminaba en su dirección con pasitos lentos, pero seguros, y casi rápidos para tratarse de una tortuga. Larimar se acercó a ella.

- Casiopea ¿Qué haces aquí sola?- en el caparazón de la tortuga, en llamativas letras rojas leyó: CORRE - ¿Casiopea estás bien? -las letras destellaron sobre el caparazón: ¡¡CORRE!!

Larimar cogió a la tortuga en volandas y comenzó a correr calle abajo. Dejó el pasaje y entró en una de las calles principales, la Calle de los Prestamistas. Frenó casi en seco, diversas personas entraban y salían de las casa de préstamos y, en el cruce de unión con la Calle de los Abogados, un agente civil controlaba el tráfico de carruajes. Comenzó a andar procurando no jadear demasiado. Sintió que Casiopea pataleaba entre sus brazos y la miró.
NO TE DETENGAS, apareció en el caparazón.

- Casiopea no puedo ir corriendo por la calle y menos aquí, hay un agente en el cruce, me podría poner una multa.
ESTAS EN PELIGRO CORRE, relumbró de nuevo.

Larimar iba a contestarle cuando vio que en su manga derecha se clavaba una fina aguja. Era de color negro con dos bandas amarillas. Inmediatamente la tela comenzó a quemarse. Larimar echó a correr de nuevo por el medio de la calzada. Un silbato resonó en la calle, pero ella no se paró, siguió corriendo hasta llegar al cruce con la Calle de los Conductores. Paró un instante y miró el caparazón.

A LA DERECHA, leyó, y volvió a correr por la calle. Oyó una voz que la conminaba a parar de correr de inmediato, pero la ignoró y siguió su carrera hasta la plaza. Sintió más agujas que se clavaban en diversos puntos de su chaqueta y finalmente una en su nuca. Se la quitó de inmediato al sentir el escozor. En el medio de la plaza estaba el abrevadero de los caballos. Larimar saltó dentro y cogiendo una gran bocanada de aire se sumergió por completo.

El agente civil la había seguido hasta la plaza y se quedó al lado del abrevadero, esperando que aquel infractor emergiera. Lo iba a empapelar de arriba a abajo.

Mientras aguantaba el aire, bajo el agua, Larimar recordó a Casiopea y la soltó para que pudiera emerger. Pero la tortuga se quedó con ella. Sobre su caparazón brilló.

AGUANTA UN POCO MÁS.

Larimar comenzó a sentir la falta de aire. La tortuga la miró comprensiva y sobre su caparazón apareció.

ÁNIMO, SÓLO UNOS SEGUNDOS MÁS.

El agente comenzó a impacientarse. No quería mancharse, pero aquel infractor seguía dentro del abrevadero, como si pretendiera ahogarse. Con reticencia se acercó al borde y metió el brazo para sacar a la persona. Agarró algo parecido a pelo y tiró hacia arriba. Larimar sintió el tirón y no pudiendo aguantar más sacó medio cuerpo a la superficie. Jadeó ostensiblemente, salpicando agua por todos lados. El agente la miró disgustado.

- Disculpe agente, siento haber infringido el código de circulación, pero he sido agredida.
- Nombre, edad y lugar de residencia.
- Larimar O'Brian, capitana de La Marygalante, al pairo a un cuarto de milla náutica de este puerto.

El agente civil se fijó en los galones de la chaqueta de aquella estrafalaria mujer. Efectivamente la distinguían como capitán. Del abrevadero, Larimar, rescató su gorra y le mostró la bandera de La Marygalante. También sacó a Casiopea y la dejó en el suelo.

- No se permiten mascotas sueltas en la calle capitana O'Brian. Si no dispone de correa deberá llevarla en brazos. Así que dice haber sido agredida.
- Sí, me han lanzado dardos de Tejuela -Larimar buscó en su chaqueta para mostrárselos, pero no había quedado ninguno enganchado tras el chapuzón. Ante la mirada incrédula del agente le mostró la nuca. En el lugar dónde se le había clavado la espina tenía una buena quemadura y en todo el derredor se le habían formado ampollas.

El mal aspecto de aquello ablandó al agente, que hizo un barrido periférico por la plaza en busca de posibles agresores; pero no observó a nadie de aspecto sospechoso entre los curiosos que, a una distancia prudente, observaban la escena con miradas reprobatorias. El agente volvió a mirar a la mujer.

- Le acompañaré a un dispensario para que le hagan un pequeño reconocimiento, si es tan amable de pasar primero.

Larimar no replicó, en el caparazón de Casiopea había visto fugazmente:
SIGUE CON ÉL.

En el dispensario le trataron la quemadura y le hicieron un test, para comprobar que no estaba enajenada mentalmente. Larimar explicó al agente que había sentido el impacto de un dardo y al ver que eran espinas de Tejuela había tenido que correr en busca de agua. Dado que la doctora confirmó la quemadura por ácido de Tejuela, el agente decidió dejar correr el asunto, impuso a Larimar una multa y le permitió seguir con sus asuntos, apremiándola a comportarse con corrección por la calle.

Al salir del dispensario fue de nuevo al hotel. Necesitaba quitarse aquella ropa mojada inmediatamente. La Sra. Lotte no daba crédito a sus ojos al abrir la puerta y ver a la capitana en aquel estado.

- ¡Capitana!
- Sra. Lotte ¿Sería tan amable de dejarme algo de ropa para poder cambiarme?
- ¡Por supuesto, faltaría más! Pero ¿Qué os ha pasado?
- Un pequeño accidente sin importancia. He caído en el abrevadero. Necesitaría secar mínimamente la chaqueta, he de ir a Comandancia y no puedo entrar sin uniforme.
- La pondremos frente a la chimenea y pediré que aviven en fuego.

Larimar entró en el cuarto de baño y se desnudó por completo, se puso la bata que le había prestado la Sra. Lotte y salió del baño, tras haber estrujado la ropa a conciencia, para que tardara menos en secarse. La pusieron a secar y fue entonces cuando Larimar echó de menos a Casiopea.

- ¿Casiopea? ¡Casiopea! Opalena ¿Has visto dónde ha ido la tortuga que venía conmigo?
- Lo siento señora, no he visto ninguna tortuga.
- Se ha debido de quedar fuera - la capitana abrió la puerta y miró al pasillo, pero no la vio por ningún lado- Bien, si se ha ido será que ya ha pasado todo.
- Larimar, tienes el cuello herido - constató la Sra. Lotte.
- Una pequeña quemadura sin importancia. Voy a bajar un momento a enviar una nota al señor Lay, con permiso.

La capitana salió de la habitación dejando a las anfitrionas un tanto sorprendidas. Opalena continuó el bordado y Emma volvió a su máquina de coser. Ya sólo le quedaban unos adornos y la camisa de Ereleig estaría terminada.

La máquina de fax emitió un estridente pitido. Roc lo oyó, pues estaba leyendo junto a la caja del timón. Dejó el libro y entró en la cabina de comunicaciones. Había una carta para Kuncita. Se dirigía al camarote del segundo cuando tuvo la corazonada de que no estaba allí. Cambió de dirección y entró al comedor. Estaba vacío, por lo que el timonel no tuvo más remedio que ir a la cocina.

Kuncita charlaba con John. El timonel carraspeó un tanto para llamar la atención y el segundo se giró y lo miró.

- Acaba de llegar esto para ti.
- Gracias Roc - Kuncita le cogió la carta y la leyó - La capitana me pide que me reúna con ella en el puerto. Voy a arriar el bote. Roc ¿Me puedes ayudar a montar el mástil? Es para no tener que remar hasta el puerto.
- Por supuesto.

Los hombres salieron de la cocina. John se había ido al fregadero al entrar el timonel y no se movió de allí hasta que dejó de oír los pasos de los hombres. Aún estaba dolido con Roc. Con Kuncita ya se le había pasado, el segundo tenía un encanto especial por lo que era difícil seguir enfadado con él por mucho tiempo. Si Kuncita se iba estarían solos Roc y él en el barco, eso lo habría alegrado de no estar de morros con el timonel. Decidió preparar pan de nueces para mantenerse ocupado.

Entre dos, montar el mástil era un momento. Una vez fijado y listo Kuncita se instaló dentro y controló la cuerda de proa, mientras Roc controlaba la de popa y arriaban el bote con una sincronía sorprendente. Y sorprendentemente al mismo instante pararon y se miraron. Ambos estuvieron a punto de decirse algo y ambos decidieron que no era el momento. Volvieron a dejar soltar cuerda y el bote quedó flotando. Kuncita deshizo los nudos y Roc recogió los cabos. Kuncita desplegó la vela, para aprovechar la racha de viento que le venía de popa, eso le ahorraba remar hasta la bocana. Asió el remo gobernalle y se enfocó a llegar lo antes posible a puerto y saber qué pasaba, porque Larimar raras veces le pedía que la acompañara, y el corazón le decía que estaba pasando algo extraño.

El timonel se quedó en la amurada hasta que el bote fue un punto que se confundía con la escollera del puerto, en breve estaría pisando suelo firme. Caminó despacio hasta el timón y asió la rueda. El contacto con la madera le hacía sentir seguro. Desde muy niño, cada vez que se sentía asustado, confundido o solo, iba a la rueda del timón, la tocaba y se sentía a salvo. Ciertamente su vida se podía resumir en la frase "aferrando el timón, día y noche, tanto en calma como en tempestad". Nunca había hecho otra cosa, ni le había interesado nada más que conservar el rumbo y, la poesía arcaica. Era un secreto que sólo había compartido con tres personas a lo largo de su vida, y dos de ellas hacía tiempo que habían fallecido.

Quiso dejar vagar el pensamiento, por si le venía alguna inspiración, pero lo único que le vino a la mente fue que John y él estaban solos en el barco. Se sentía mal por haberle gritado, y no le había gustado ver cómo se levantaba y se iba al fregadero sin ni siquiera mirarlo. Y había discutido con Egane, por primera vez en tres singladuras, y no se había sentado a su lado en la mesa y tampoco se había despedido de él. Eso le había dolido muchísimo, había cargado sus cosas en el esquife y se había marchado sin más. Por culpa de Kuncita y su exceso de testosterona. Era vergonzoso, no hacía ni dos días que Maeve había muerto y ya iba en celo tras la primera hembra que se le cruzaba, sin tener la mínima consideración por los Uxián, que saltaba a la vista que bebían los vientos por ella desde la primera vez que la vieron. Un par de buenos azotes era lo que necesitaba ese engreído niñato.

Roc sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. ¿Quien se creía que era él para ir juzgando de esa manera a otra persona? Se sintió avergonzado de sí mismo. Él sí que se merecía un par de buenos azotes. Y reconoció que lo que sentía era miedo. Miedo de que Egane le retirase su afecto. Miedo de que los acontecimientos lo llevaran a desenterrar hechos del pasado y perder la tranquilidad que había conseguido con el tiempo. Miedo de perder la relación más satisfactoria que había vivido hasta el momento. Aquel barco le había ofrecido, sin esperarlo, la temporada más sosegada y feliz de su vida. Larimar era una buena capitana, Kuncita un oficial confiable, Emma una alma original y divertida, a veces en exceso, los Uxián excelentes marinos y buenos muchachos, pese a su humilde procedencia y Egane era excepcional, una timonel hasta el tuétano y una música excelente, podía llegar muy lejos si se lo proponía. Y John...

El cocinero amasaba con brío, hasta que entendió que estaba llenando la pasta de enfado. Eso no lo quería. Comer algo hecho con furia no era muy inteligente. Se paró un momento y respiró profundamente. Se concentró en recordar aquella melodía que tarareaba Larimar cuando pelaba patatas o fregaba los platos. La recordó ante el fregadero de la Atrevida, con montañas de platos sucios y las manos llenas de jabón, friega que te friega y canta que te canta. Era algo así como ná, na, na, ná, na na ná nananá naná. Ná, na, na, ná, nananá, nananá naná... Sonrió para sí y entonces oyó a Roc entrar en la cocina, porque no había nadie más en el barco.

- John ¿Estás muy ocupado?
- Estoy preparando pan de nueces.

El timonel se acercó hasta el cocinero, de manera que no tenía que dejar la masa y podía mirarle si quería.

- Quiero disculparme contigo, siento mucho haberte gritado, estaba enfadado y lo he descargado contigo. Lo siento, perdóname.
- Disculpas aceptadas -el cocinero miró al timonel a los ojos- borrón y cuenta nueva.
- Gracias John.
- Voy a acabar la masa y luego prepararé el menú de la semana.
- ¿Puedo saber por qué sonreías cuando he entrado?
- Recordaba a Larimar cuando fregaba platos y cantaba aquella canción que le gustaba tanto del gaytero aquel, del sistema solar 10.

Roc empezó a silbar la melodía. John volvió a quedar sorprendido de lo bien que silbaba el timonel y de cómo era capaz de acertar la canción con tan pocos detalles. Acabó la masa con un concierto personalizado de viento, pues tras la canción de Larimar, Roc le silbó las melodías favoritas de John. Cuando entonó el "Tómala en tus brazos" John no pudo evitar acompañarlo con el zapateado y una vez terminada esa tonada ya no quisieron parar. Subieron a cubierta y se pusieron a repasar su repertorio favorito de canciones para baile Ancient Celts.

Kuncita fue directo a Comandancia, tal como le pedía Larimar en la nota. La tuvo que mirar dos veces para reconocer a su capitana. Tampoco entendía qué hacía en la cola de pago de multas. Cuando Larimar lo vio le hizo una seña discreta para que se acercara.

- Lay, por favor, quédate en la cola, voy a ver si ya es mi turno en instancias.
- De acuerdo. ¿Estás bien?
- Lo estaré en cuanto tenga las instancia y la multa pagada.

La capitana se marchó hacia otra sala y el segundo se quedó guardándole el sitio. Por hacer algo miró el documento y a punto estuvo de soltar un improperio. La multa ascendía a 100 gálax. Era una multa por alteración del orden público. ¿Qué había hecho Larimar para que le hubieran puesto una multa de ese importe, y pareciera salida de un secadero?

Sólo dos personas la separaban de la ventanilla de Instancias. Larimar procuraba tararear mentalmente y no prestar atención a las miradas reprobatorias a su aspecto, cuando sintió a sus espaldas una presencia y la voz burlona del condiscípulo que menos apreciaba de toda su promoción.

- Capitana O'Brian, sigues teniendo un gusto pésimo en vestir e insisto en que el estilo pordiosero está desprovisto, por completo, ya no de glamour sino de cualquier tipo de elegancia, por austera que ésta sea. ¿Lo haces por practicidad tal vez?
- Lord Tobar - Larimar le hizo una ligera inclinación de cabeza, para que quedara patente que lo había oído y volvió a centrarse en la ventana de Instancias.
- Constato que no has cambiado en estos años Larimar. Pero hacedme caso, si vais a quedaros mucho en An-Dro,  pasad por la sastrería de Madame Tomás. Vuestra imagen es reflejo de vuestro barco, hacedlo por él si no lo hacéis por vos, o por consideración a vuestro apellido.

Larimar decidió girarse y contestarle un escueto gracias. El hombre que encontró la dejó desconcertada. Lord Alaisse había perdido las facciones juveniles y honestamente había que reconocer que era un hombre muy apuesto. Su pelo negro se había plateado ligeramente en las sienes. Sus ojos grises miraban con mayor profundidad. Seguía vistiendo ropa a la última moda y conservaba aquel toque elegante que lo hacía sobresalir entre la multitud. Por un momento, le recordó a Stewar Granger, su mentor corsario, que era la elegancia hecha hombre. Por suerte continuaba utilizando litros de perfume y la nariz de Larimar comenzó a quejarse, por lo que, recuperada del primer impacto, lo miró al fondo de los ojos y reconoció aquella opacidad en la mirada y el toque de desdén que le hacían desconfiar de él.

- Gracias por el consejo Lord Tobar, que tenga un buen día.

Ya sólo una persona la separaban de la ventanilla. Larimar sintió cómo Alaisse se alejaba y respiró aliviada. Pensó que era una lástima que alguien tan poco interesante fuera tan guapo, porque había que reconocer que los años le habían sentado de maravilla. ¿Dónde guardaría el retrato? Aquel pensamiento la hizo reír y por fin le llegó su turno. La mirada del administrativo la devolvió al momento presente. Rellenó los formularios, pagó la tasa y adquirió las instancias. Volvió a la cola de pago de multas.

De camino a la chocolatería puso a Kuncita al corriente de lo que le había ocurrido desde que dejara el hotel, y por qué llevaba el uniforme deformado y arrugado. La quemadura volvía a escocerle, pero no quería llegar tarde, pues lo que más le apetecía era estar con su padre. Nada más cruzar el umbral Larimar comprendió que no había sido muy buena idea quedar allí con el aspecto que llevaba. Alaisse tenía razón en una cosa, y es que en An-Dro, un lugar donde el aspecto era tenido en tan alto concepto y, precisamente en la chocolatería más frecuentada por la nobleza, presentarse tan desaliñada era casi una provocación y, efectivamente, la reputación tanto de La Marygalante como del almirante O'Brian quedarían marcadas durante bastante tiempo.

Su padre se levantó en cuanto la vio entrar y fue hacia ella. La recibió con una sonrisa y dos besos en las mejillas y se la llevó hacia los aseos. Pidió una funda a la encargada del guardarropa y se la dio a Larimar. Dentro había un traje nuevo de capitana También un neceser con peine y horquillas, así que pudo cambiarse y peinarse y salir  con un aspecto impecable.

Al entrar al reservado de su padre, vio a Alaisse entre Miss Egane y Opalena, ni rastro de Kuncita. La Sra. Lotte sostenía en el regazo una gran tortuga.

viernes, 7 de diciembre de 2018

AVENTURAS EN LA MARYGALANTE Cap. 13

Querid@s Seguidor@s!

Tras un periodo gripal, que ha retraso la entrega de este mes, aquí tenéis el último capítulo del año. Que disfrutéis un hermoso Solsticio de invierno, Yule, Navidad y que el próximo año sigáis consiguiendo todas vuestras metas y deseos!!!

Recordad que el día 15 es la Cena Solidaria Vegana Pro-A.D.E, más info al final del capítulo...


CAPÍTULO 13
ACLARACIONES



Parecía que el tiempo se hubiera detenido en el pasillo. Ninguno dijo nada durante casi un minuto. Egane procuraba recuperarse de la impresión que le habían causado las palabras y gestos de Kuncita y de la sensación de vergüenza que sentía ante los Uxián. Tanto Corma como Hidie seguían mirando al segundo casi sin pestañear y Kuncita procuraba asimilar lo que le estaba sucediendo. Fue Egane la que terminó con aquella extraña situación.

- Con permiso, es mi turno de guardia - siguió su camino hacia la cubierta saludando con la mano antes de subir las escaleras.

Hidie se acercó a Kuncita de manera que este quedó rodeado por los hermanos.
- Vamos a parlar mu claro. Tú no tocas Egane, ella es nostra xicota. Tú ya tens munts per tos laos. ¿Capito?
- Egane no es vuestra novia, no es de vuestra propiedad y cualquier hombre tiene la libertad de cortejarla si lo desea y ella le corresponde.
- No les ora, pero con el tempo lo será - Corma se irguió cuan alto era y llevándose los dedos índice y corazón a la boca, se los lamió y alzó la mano en la postura de palabra: los dedos húmedos de saliva extendidos, mientras el pulgar el anular y el meñique se juntaban por debajo -. Nos casaremos con ella mes tard o mes dora.
- ¿Qué no entendéis de "ella decide"?
- Oc, ella tria y ya nos triará... eso es lo nos problemo. Pero tú ten solidare con nos, que tu tens una a cada porto...
- O dous o treis -intervino Corma-.
- Oc! Per eso, dexa tranquila Egane, ella non es como as outras, e tu mais tas fijao en ella ¿Per ché ara sí? - Hidie había alzado ligeramente la voz-.
- Tranquilo Hidie, comprendo vuestros sentimientos, y vuestro razonamiento tiene su lógica. Para mí Egane es una excelente compañera y creo que estáis sacando conclusiones precipitadas. Os agradezco que me hayáis puesto al corriente de vuestros sentimientos hacia ella. Pero tened presente dos cosas, primera: yo no soy vuestro rival, mis sentimientos hacia Egane son sólo fraternales. Segundo: An-Dro está lleno de hombres, con muy buena posición, que pueden sentirse atraídos por Egane, es hermosa y una excelente intérprete,  su actuación no va a pasar desapercibida precisamente. Preparaos para encajar que una multitud de admiradores la asediarán durante toda nuestra estancia aquí.
- Oc, lo tenim present. Quedem entesos que tú no tocas Egane ¿Oc?
- Sí. A menos que sea ella quien pretenda seducirme.
- Oc, pero tú no faces res per che se fija en ti - puntualizó Corma-.
- De acuerdo.
- Donas tu palabro - quiso asegurarse Hidie-.
Kuncita respiró hondo y meditó su respuesta. Tenía que estar muy seguro antes de dar su palabra, ya que la palabra era ley, y faltar a la palabra dada una de las faltas más graves del código de honor. Tuvo una corazonada y se decidió.
- No voy a daros mi palabra, porque podría faltar a ella. Pero me comprometo a vigilarme y ser consciente de que vuestros sentimientos son muy profundos hacia ella -por las expresiones de los rostros de los Uxián no estaban conformes- Os propongo un trato. Vosotros me vigilaréis y si inicio alguna acción de carácter seductor para con Egane me advertiréis de inmediato ¿Estáis de acuerdo?

Los hermanos se miraron y asintieron.

-Oc, te velamos y te dicimos.
- Perfecto entonces, si no hay más quiero ir a mi camarote. Buenos días.
- Bos días.

Cada cual siguió su camino y el pasillo quedó libre. Al poco la Sra. Lotte salió de su camarote. Sonreía, había tenido que hacer un pequeño esfuerzo para contenerse y no delatarse. Lo había escuchado todo y su imaginación ya recreaba multitud de escenas, de carácter romántico, sobre la conquista del corazón de Egane Dulac. Los Uxián tenían a favor su solicitud y sentimientos claros y profundos, en contra que Egane no les hacía ni caso. Kuncita tenía a favor su gran magnetismo y en contra sus muchas relaciones con otras mujeres. Desde luego esta estancia en An-Dro sería muy interesante.

Roc Refrany sintió que su ayudante estaba alterada en cuanto puso el pie en cubierta. Los meses, guardias y enseñanzas compartidas habían reforzado el tenue vínculo que tenía con ella convirtiéndolo en un resistente cabo de sentimientos, silencioso e invisible; por lo que, cuando ella procuró saludarlo como de costumbre, el marino le sostuvo la mirada y le preguntó directamente.

- ¿Qué ha pasado? -ante la muda respuesta de ella insistió- ¿Que es lo que te ha pasado Egane?
- ¿A mí? Nada. ¿Por qué tendría que haberme pasado algo?
- Egane -el piloto la seguía mirando a los ojos y ella se giró ligeramente.
- Nada, bueno, los Uxián se han puesto un poco tensos en el pasillo, estaba comentando una trivialidad con Lay y ya sabes que a veces se ponen raros.
- ¿Raros en qué sentido?
- Bueno, raros, no sé. Como si les molestara que hablara con Kuni.
-¿Kuni? - el timonel arqueó una ceja- ¿Desde cuándo le tienes tanta confianza al segundo como para ponerle un diminutivo?
- ¿Qué hay de malo? Hace tres años que navegamos juntos, a ti te llamo Roc y no hay problema.
- ¿También vas a llamar Hid y Corm a los Uxián?
- Roc, siento que se está metiendo en un asunto que no le incumbe.
- ¡Por supuesto que me incumbe! Lo que altera a mi ayudante es de mi incumbencia, y el Sr. Lay ya es lo bastante inestable para que me incumba lo que le suceda, y los Uxián son unos excelentes marinos bajo mi cargo y me incumbe cualquier cosa que les suceda.
- Pues vaya a preguntarles a ellos qué les sucede. Es mi turno de guardia, con permiso.
La mujer asió la rueda del timón con la mano izquierda y esperó que el timonel le cediera el puesto. Roc no se movió de su sitio. Haciendo acopio de valor se atrevió a preguntarle sin rodeos.
- ¿Kuncita ha intentado seducirte?
-¡No! Únicamente me ha hecho un comentario amable. ¿Y qué si lo hiciera?
- ¿Qué te ha dicho? -Egane no respondió- ¿Qué te ha dicho Egane?
La insistencia del timonel desconcertó por completo a Egane, desde siempre había sido bastante protector para con ella y la confianza que el viejo marino le había brindado desde el primer día en el barco, lo mucho que le había enseñado y la clara evidencia de que sentía por ella un cariño más profundo que el de la simple amistad, había hecho que ella lo respetara como el padre al que nunca conoció; pero ese derecho que se estaba tomando a inmiscuirse tan descaradamente en su vida íntima la exasperó.
- Que sea mi superior no le da derecho a estar al corriente de mis conversaciones privadas. Ni a controlar mis actos fuera de mi turno de servicio. Y mucho menos el derecho a decidir con quién puedo o no entablar relaciones personales.
- Es cierto Egane. Pero esta es una situación fuera de lo habitual. El Sr. Lay no es plenamente consciente de lo que hace. No, no está en un momento centrado y tal vez diga o haga cosas de las que después, al meditarlas, comprenda que han nacido desde la inconsciencia.
- Mis conversaciones privadas son privadas.

Roc comprendió que insistiendo sólo conseguiría que ella se negara más a responder. Sería mejor averiguar lo que ocurría observando desde la distancia e interviniendo sólo en caso de ser necesario.

- Tienes razón Egane. Lo siento, te pido disculpas por mi insistencia. Buena guardia - el hombre se retiró.
- Gracias Sr. Refrany.

Egane miró hacia proa, estaba francamente molesta con su superior. Sujetó con firmeza la rueda del timón, su tacto siempre la calmaba, no entendía muy bien el porqué, pero aferrar el timón le transmitía sensación de seguridad. El Sr. Eivioc se acercó a ella y le golpeó ligeramente la pierna con el morro. Egane le acarició tras las orejas un momento y volvió a aferrar el timón con ambas manos. El perro se echó en posición de esfinge. Al poco aparecieron en cubierta los hermanos Uxián, a los que la mujer fulminó con la mirada. Debieron sentirlo, porque no se le acercaron en todo el turno, pese a que siempre encontraban excusas para pasar cerca del timón y saludarla.

Larimar oyó que la llamaban y levantó la cabeza de la mesa del fax. Se debía haber quedado dormida sin darse cuenta. Se levantó y abrió la puerta de la cabina de comunicaciones. Quedó sin habla por lo que vio.

La cubierta estaba llena de cajas, barriles y multitud de herramientas tiradas de cualquier manera. Las amuradas estaban llenas de verdín y excrementos. El maderamen estaba ennegrecido y tan sucio que desprendía olor a cloaca. En los cuatro palos las velas pendían, de las destrozadas gavias y jarcias, en sucios jirones. Sintió una arcada y entró de nuevo en la cabina. Volvió a oír que la llamaban. El sonido procedía de la izquierda. Se obligó a salir de nuevo y mirar aquel espantoso caos. En la aleta de babor, tirados boca abajo, había dos cuadros de tamaño mediano. La voz que la llamaba procedía de allí. Se acercó con cautela. Volteó los cuadros. Las láminas estaban tan borrosas y enmohecidas que apenas se entendía lo que tenían dibujado. Aparentemente en una posaban dos humanos, y en la otra dos barcos. Al fin comprendió dónde estaba. Miró hacia la cabina. Cogió los cuadros y volvió dentro. Los puso sobre la mesa del fax encarando ambas láminas. No ocurrió nada. Los giró, pero tampoco sucedió nada. La puerta de la cabina comenzó a licuarse. Larimar alzó los ojos y vio cómo las paredes de la cabina comenzaban a llenarse de bultos que crecían rápidamente y explotaban dejando caer un viscoso y maloliente líquido parduzco. Un agudo chillido resonó con tal volumen que Larimar dejó los cuadros para taparse los oídos.

El fax pitó de nuevo y comenzó el ronroneo que anunciaba la recepción de una carta. Larimar abrió los ojos y entendió que se había quedado dormida encima de la mesa. Lentamente giró el cuello, porque se le había quedado entumecido, y cuando se le pasó el dolor se incorporó sobre la silla. Se levantó y abrió la puerta de la cabina. La brisa marina le revolvió el flequillo y sonrió aliviada de ver la cubierta ordenada, las velas impecablemente recogidas en las gavias y a Ereleig cepillando la amura de proa. Egane hacía guardia junto al timón, y le llamó la atención ver que sujetaba la rueda tal como si estuviesen navegando. El sonido del fax desvió su atención de la timonel. La capitana cogió la carta. Era de la Comandancia de An-Dro. Con un poco de suerte podrían atracar aquel mismo día.

No, no podrían atracar ni aquel día ni ningún otro, debían permanecer al pairo en el lugar donde se encontraban y sólo en caso de temporal se les permitiría atracar dentro del puerto. Aquello significaba que tendrían que dejar el esquife en el agua, y decidir cómo repartir a la tripulación, quien se quedaba en el barco y quien en el puerto. Envió un telegrama al Hotel Peregrino, para saber de cuantas habitaciones podría disponer. La respuesta fue que de ninguna. Envió telegrama a todos los hoteles de An-Dro y sólo en el Montanha le respondieron que disponían de una suite, para tres personas, porque acababan de anular la reserva. La capitana lo tuvo claro.

En la cocina Opalena trinchaba las verduras para la ensalada, mientras el Sr. Cook limpiaba la piel de las hortalizas que iba a hacer al horno. Al menos una vez por semana le gustaba preparar un horneado. En Cetreo había adquirido un par de espléndidas calabazas azules y junto a las cebollas, remolachas y zanahorias quedaría un bonito plato multicolor. Con una ensalada y una buena salsa sería un menú alegre y nutritivo que les subiría los ánimos a la tripulación por no poder desembarcar.

- Lena, hoy vamos a comer mejor que en el Bistró Troyés, y conste que es el mejor bistró de todo An-Dro -se acercó a la mesita y comprobó el trinchado de las verduras- lo contentos que estarían de tenerte como pinche. ¡Qué manos tienes Lena! Lo haces tan exacto que parece de máquina.

- Gracias Sr. Cook.
- Te voy a enseñar a hacer molduras y flores, así además de ricos los menús serán bonitos, que con los ojos es con lo primero que se come. Voy por mis herramientas de escultura culinaria. Ja já!! -al girarse para coger los cuchillos vio que Roc entraba, la mirada del timonel borró la sonrisa del cocinero- ¿Roc estás bien?

El aludido le hizo un gesto afirmativo mientras se servía una taza de té blanco y un trozo de tarta de almendras. El cocinero se acercó obstaculizando el paso del marino.

- Roc, que hace tiempo que nos conocemos ¿Qué ha pasado?
- No es nada.
- Roc...
- ¡Ahora no John!

El cocinero encajó el exabrupto y se fue al mueble del horno, abrió el armario bajo y sacó una caja que llevó a la mesita del rincón. El timonel salió de la cocina con el plato y la taza, mientras el cocinero enseñaba a la chica su set de decoración de frutas y verduras.

La capitana se acercó a Miss Egane, que ya no aferraba el timón y continuaba en su puesto simplemente de pie junto a la caña. El Sr. Eivioc movió la cola cuando vio que Larimar se acercaba, pero continuó echado al lado de la caja del timón. La capitana se agachó y le rascó tras las orejas, luego se incorporó para dirigirse a la timonel.

- Dado que no teníamos reserva, y a causa de no tener amarre vamos a quedarnos aquí, al pairo, durante toda la estancia en An-Dro. En el Montanha han tenido una cancelación y disponen de una suite para tres personas. He pensado que usted y la Sra. Lotte, junto con Opalena, la podríais ocupar.

- Eso sería ideal, podré practicar con tranquilidad mi recital.
- Lo suponía. Por ello, tras la comida, tiene permiso para desembarcar hasta nueva orden. Ampliaré el esquife para que puedan transportar la escenografía. Pediré a los Uxián que os acompañen.
- No es necesario que nos acompañen, puedo manejar el esquife sola.
- Con todos esos bultos es mejor que os acompañen, no sé si van a permitir que los guardéis en el hotel, tal vez lo mejor es llevarlos directamente al Ateneo.
- Habrá que pedir un permiso especial.
- Miss Key se encargará de ello, ya sabéis que tiene influencia en el Ateneo,  Lay le enviará una nota para que os dejen un espacio en el almacén. Te cubriré la última hora de guardia, para que empaques con tranquilidad. Disponéis de la suite hasta el día 10, así que tienes cuatro días para ensayar y dejar en alto el pabellón musical de La Marygalante.
- Gracias capitana, procuraré hacerlo lo mejor posible.

La Sra. Lotte estuvo encantada con la idea de quedarse en el Montanha con Egane y Opalena. Se apresuró a empacar todo lo que quería dejar listo. Le faltaban las mangas de la camisa de Ereleig y un gran fragmento de la banderola del Bienguiado. Si Opalena le ayudaba con el bordado lo podría tener listo para el baile.

Kuncita envió una nota a Clarissa Key, su novia en An-Dro, para que les dejaran almacenar la escenografía de Egane en una sala del Ateneo. Pensó que era mejor que tuviera una sala para ensayar, ya que el Montanha no era un hotel de los mejores aislados del puerto, y obligar al resto de clientes a escuchar una y otra vez el recital no era muy buena idea.

Clarissa le envió una afectuosa respuesta confirmando que Egane podría disponer de la sala 5, que se hallaba en el tercer nivel, con lo que tendría total privacidad. También le comentaba que si le apetecía dormir en el puerto podía disponer de su casa, aunque ella estaba todo el día en la Comandancia ultimando los preparativos para las conferencias y espectáculos, y por lo tanto hasta que no quedara todo cerrado y comprobado no dispondría de tiempo para atenderlo como era debido. La nota concluía explicando lo mucho que lo había echado de menos, y cómo pensaba resarcirse en los siguientes días.

Larimar se hizo cargo de la última hora de guardia, junto a su precioso perro, mientras no dejaba de darle vueltas al sueño que había tenido. Lo comentaría con el capitán Indy en cuanto tuviera la oportunidad. Un toque de campana anunció la hora de la comida y dejando a La Marygalante en alerta, por si acaso, la capitana bajó al comedor.

Se sentó en su sitio y  le llamó la atención que solo ella hubiera entrado en el comedor. El Sr. Cook y Opalena esperaban en la puerta junto al carrito de servicio.

El siguiente en entrar al comedor fue el Sr. Refrany y tras él los Uxiàn. Como el resto de la tripulación seguía sin aparecer Roc tocó de nuevo la campana. La Sra. Lotte llegó un tanto azorada y disculpándose, estaba tan enfrascada en empacar que no había advertido la llamada, tras ella, entró Ereleig que la estaba ayudando con el equipaje.

Cuando entró Egane también se disculpó por la tardanza y luego se sentó junto a Ereleig. Cuando Kuncita entró se dirigió a su puesto habitual, en el extremo opuesto de la mesa, frente a la capitana y dando la espalda al ventanal. Pero entonces advirtió que Egane lo estaba ocupando. Tenía dos opciones, seguir su camino y sentarse al lado de Egane, o volverse y sentarse o bien al lado del Sr. Refrany o al lado de Larimar. La mirada de los Uxián le hizo descartar la primera opción, por lo que se decidió por la capitana.

Una vez servida la comida el Sr. Cook ocupó el lugar junto a Egane, y Opalena se sentó junto al timonel. Larimar comprendió que algo extraño estaba sucediendo a bordo. Tal vez la noticia de no poder desembarcar les había molestado algo más de lo que ella pensaba.

Hizo el gesto de bendición y agradeció la comida. Tras ella lo hicieron cada uno de los miembros de la tripulación y comenzaron a comer. La Sra. Lotte alabó las bonitas flores de zanahoria que adornaban la ensalada. John informó que a excepción de una, todas eran obra de Opalena. Ereleig pidió si a él también podían enseñarle esas cosas. Larimar aprovechó para informar al resto de la tripulación de la situación en la que se encontraban y el porqué de su decisión de que Emma, Egane y Opalena desembarcaran. Nadie hizo ningún comentario al respecto. Y el resto de la comida se realizó en completo silencio.

La capitana miró de reojo a su segundo, que comía sin su habitual repertorio de exclamaciones de gusto. Advirtió que comía de forma apresurada y con un gesto de tensión contenida, como si no le gustase el sabor del plato, aunque la calabaza azul era una de sus preferidas. El Sr. Eivioc entró silencioso y se puso al lado de Larimar pidiendo permiso para echarse a sus pies bajo la mesa. La capitana se retiró un tanto para que el perro pudiera pasar, y una vez estaba bajo la mesa le acarició la cabeza. Al ir a incorporarse su mirada se encontró con el regazo de Kuncita y entonces comprendió, en parte, la contención que estaba mostrando.

Tras el postre, que transcurrió en el mismo silencio que la comida, el Sr. Cook se levantó e informó a Opalena de que su jornada por hoy había concluido y que podía ir a preparar su equipaje. Ereleig se ofreció a ayudarle a fregar los platos, ya que él no bajaba a tierra, pero John le contestó que no era necesario y que les sería más útil a los Uxián, que fuera con ellos y ayudara con los bultos a cargar en el esquife.

Emma, Egane y Opalena dejaron el comedor, seguidas por los Uxián y el grumete. En la mesa quedaron el timonel y el segundo junto a la capitana. John les preguntó si les apetecía té. Larimar pidió una taza de frutos rojos. Roc negó con la cabeza y Kuncita pidió té blanco con unas gotas de tila de clavo.

Cuando el cocinero les trajo las tazas, Roc se ofreció a ayudarlo con los platos, pero el cocinero negó con la cabeza y cerró la puerta de la cocina. El timonel salió del comedor sin decir palabra. Larimar miró a Kuncita.

- Tal vez es sólo una extraña impresión mía, pero está ocurriendo algo y no conozco el origen. Corrígeme si me equivoco. ¿Has discutido con los Uxián?
- No, en absoluto.
- Pues te han mirado de una manera bastante admonitoria, y en vez de sentarte junto a Egane te has sentado conmigo.
- Bueno, hemos aclarado un par de asuntos con respecto a Egane y finalmente hemos llegado a un acuerdo. Me van a vigilar para que no se me ocurra intentar seducirla. Si para mí es como una hermana. Es curioso, pero es cierto, es de las pocas mujeres con las que he tenido claro que somos compañeros de trabajo y amigos. Le tengo un gran aprecio por sus aptitudes, su profesionalidad y reconozco que es hermosa y muy agradable, como una hermana pequeña.
- ¿Se lo has dejado así de claro?
- Sí, pero supongo que deben estar un poco tensos aún por lo del pasillo y hasta que no pase un tiempo.
- ¿Qué ha pasado en el pasillo?
- Pues no estoy muy seguro. Es que desde hace unos días hay un olor extraño en el barco y me pone excitado al instante. ¿Lo has notado?
- ¡Y tanto que se te nota! Pero sólo si te fijas mucho, y con el clavo supongo que te habrá bajado en un rato.
- La erección no Larimar. ¡El olor! ¿No lo notas? un olor a almizcle y como a flores, a jazmín y azahar mezclados con algo más. No sé, va y viene. Pero me tiene bastante confundido.
- Pues no, yo no he notado ningún olor extraño.
- Tal vez sea por Maeve - Kuncita miró el líquido humeante de su taza y por un momento una nube de tristeza cubrió su mirada. Larimar le cogió una mano- no estoy centrado Lar, no soy capaz de controlarme últimamente, ya lo viste con Jadoth y con Egane - calló unos segundos tratando de encontrar las palabras- por un momento he dejado de mirarla como a la amiga y compañera, por unos instantes ha sido simplemente una hembra a la que conquistar, es como si el hombre hubiera desaparecido y sólo el animal gobernara mis acciones. Pero he reaccionado a tiempo, aunque me ha sido muy bochornoso. Me he disculpado y ella no parece ofendida, pero Hidie y Corma se han puesto como basiliscos.
- Necesitas un descanso Lay, tal vez sea mejor que te quedes con Clarissa hasta que te aclares un poco. Te doy tres días de permiso.
-Pero Clarissa está inmersa en los preparativos de las jornadas y los festejos. Gracias, pero prefiero quedarme y enseñar a Ereleig unos cuantos bailes.
- Eso me parece una buena idea, el ejercicio siempre centra -acabaron de tomar la infusión en silencio- Bien, voy a revisar qué tal el desembarco y a poner al día la bitácora.
- Yo me quedo aquí un rato más, a ver si se me arría la bandera.

La capitana salió a cubierta y tras ella su perro. Sacó el cuaderno de la bitácora y se lo llevó consigo a su camarote. Antes de entrar inspiró profundamente, para ver si captaba esa olor que le había descrito su segundo. Dejó salir el aire lentamente e hizo una segunda inspiración profunda y suave, pero no notó nada. Miró al Sr. Eivioc.

- ¿Tú notas algo diferente? -el perro la miró ladeando la cabeza y movió la cola- Bueno, tú tienes mejor olfato que yo.

La puerta de la cocina se abrió y el cocinero salió a recoger el comedor, le extrañó ver a Kuncita aún sentado a la mesa.

- ¿Te vas a pasar el resto del día ahí sentado?
- No, no, sólo estaba terminando el té - el cocinero empezó a barrer el comedor- John ¿Has adquirido recientemente algún tipo de especia o esencia afrodisíaca? - el cocinero dejó de barrer y miró al segundo de hito en hito.
- ¿Qué clase de pregunta es esa?
- Es que últimamente he notado un olor diferente y suele ser por la cocina y a veces por el pasillo de los camarotes.
- ¿Y por qué ha de ser afrodisíaco? ¿Estás insinuando que ya no soy capaz de excitar a mi pareja?
- ¡No! ¡En absoluto! Es porque me produce un efecto muy fuerte a nivel sexual - el cocinero lo cortó en seco.
-¿Y qué no te lo produce a ti? ¡Anda, sal de aquí y déjame hacer mi trabajo! ¡Lo que me faltaba por oír hoy!

El cocinero reanudó el barrido refunfuñando para sí. Kuncita comprendió que era mejor dejarle espacio y salió a cubierta. Se encerró en la cabina de comunicaciones y se dedicó a escribir su correspondencia de ese día.

El esquife se llevó a la sección femenina de la nave. Los Uxián remaban. Egane sujetaba la caña del timón mientras la Sra. Lotte y Opalena vigilaban que las cajas y bultos que, a pesar de haber agrandado el esquife, lo llenaban por completo. Larimar se mantenía en la proa y daba instrucciones a Egane. Estaba algo sorprendida por el arsenal de material que los Uxián se llevaban. Por suerte tenían la sala del Ateneo, porque en el hotel hubieran tenido problemas para almacenar tanto bulto. La capitana quería aprovechar y presentar la instancia para pedir mapas en la Comandancia. Como la burocracia era tan lenta en An-Dro quería arreglarla cuanto antes.

La Sra. Lotte repasaba unas lecciones de protocolo con Opalena. La muchacha estaba algo confundida ante tantas normas, algunas de las cuales le parecían absurdas, aunque no se le ocurrió comentarlo. Una vez entraron por la bocana del puerto las lecciones se dieron por terminadas y todos se aprestaron a ayudar a atracar el esquife. Egane dejó su sitio en popa y saltó ágilmente a tierra para anudar la amarra al noray. Los Uxián colocaron la pasarela y se dispusieron a ayudar con el equipaje. La capitana se había tenido que poner su traje de capitana, ya que la normativa en An-Dro era bastante puntillosa. Se quedó al lado de Opalena mientras esperaba que los Uxián descargaran.

- Opalena, sé que es un poco complicado recordar tanto protocolo, pero este es un lugar en el que es de los más rigurosos. Te pido que procures ser lo más cuidadosa posible en el comportamiento y las conversaciones, ya que es la reputación de La Marygalante la que se podría ver afectada. En resumen es un poco: no caminar deprisa, no alzar la voz, mantener distancia entre personas y esperar dos segundos antes de responder una pregunta. Ya verás que no tendrás mucho problema, tú eres muy educada.

Una vez descargado todo el contenido del esquife la Sra. Lotte y Opalena desembarcaron. Los Uxián fueron a coger un carro para transportar el material al Ateneo. La capitana paró un carruaje para que llevara a las mujeres al hotel con el resto del equipaje. Una vez acomodadas dentro el cochero tomó el camino de la montaña. Larimar iba a cerrar las cortinas cuando el corazón le dio un vuelco.

-¡Pare! ¡Por favor pare!

El cochero paró y ante los anonadados ojos de Opalena la capitana saltó del carruaje y con un grito echó a correr hasta el muelle donde se abalanzó sobre el hombre que esperaba junto a la pasarela de una fragata....

CONTINUARÁ EL PRÓXIMO AÑO....


 LA INFO SOBRE LA CENA VEGANA PRO- A.D.E

 Además, también podréis encontrar diferentes artículos solidarios del refugio y muchas sorpresas más.

¡No faltéis, os esperamos a todos!

PRECIO: 30 €

FORMAS DE PAGO: Ingreso o transferencia: 0049-4709-46-2116029587 (Banco Santander)
CONCEPTO: Cena + tu nombre y apellidos
CONFIRMACIÓN: Para inscribiros previamente, enviad un correo electrónico a <refugio.leonor@yahoo.es>

Si no podéis asistir a la cena y deseáis colaborar igualmente, podéis ingresar el importe de la cena y poner como concepto "fila 0" + tu nombre y apellidos.