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miércoles, 31 de enero de 2018

AVENTURAS EN LA MARYGALANTE Cap. 3


Querid@s seguidores del Blog,

 La ilustradora Silvia Nieto se enrola con nosotros y pondrá su particular nota de color a esta singladura. Gracias!



CAPÍTULO 3
LA MARYGALANTE

Opalena recibió un interrogatorio por parte del Sr. Cook, del que salió bastante airosa, ya que sus "sí" y "no" eran del agrado del cocinero. Aunque en la casa de los Pema ella sólo limpiaba, cada vez que había fiesta o banquete le tocaba ayudar a la cocinera nocturna, una mujer viejísima y muy malhumorada con la que nadie quería trabajar. Era, eso sí, una excelente cocinera y por ello siempre se solicitaban sus servicios para preparar el grueso de los menús y los cocineros de la casa terminaban de preparar los platos. Como Opalena no decía apenas nada la mujer la toleraba bastante bien. Con el tiempo la chica había aprendido a hacer algunos platos, e incluso la vieja cocinera empezó a tomarle aprecio, pero entonces ocurrió lo del pequeño barón y la echaron de la casa.

Tras el interrogatorio, el Sr. Cook, le había dado un cubo de patatas para que las pelara. La dejó en una mesita que había en el rincón, junto al fuego, y se puso a trastear con sus cacharros, cantando en un idioma que ella no conocía. Se sentía un poco extraña y pensó que debía de ser por aquella bebida. No estaba muy segura de si era apta para niños. Se aplicó a pelar patatas lo más deprisa que podía y, cuando acabó, le llevó el cubo al cocinero. Éste cogió una patata y la observó con detenimiento.

- Hum… ¡Excelente! Pelas las patatas exactamente como a mí me gusta, y no he tenido que explicártelo, si para todo lo demás te aplicas tan bien este podría ser tu nuevo hogar pequeña - Opalena, ante el inesperado alago, enrojeció y bajó la cabeza-. Creo que puedo confiarte el trinchado de las verduras para la ensalada, hoy todas en juliana, a ver qué tal…

El cocinero le llevó a la mesita de trabajo un gran manojo de zanahorias, lechuga verde, amarilla y azul, apio oloroso, coliflor roja y pepinos pintos. Le entregó una tabla y un gran cuchillo de trinchar y la dejó a solas con el trabajo, mientras él volvía a trastear por los fogones. La muchacha peló las verduras y luego, con cuidado, las cortó en finísimas tiras. Fue poniendo todo en una gran fuente de cristal y al terminar lo llevó al cocinero. De nuevo el hombre las repasó y dio su visto bueno.

- Estupendo, sí, tal como me gusta, al final ese cabeza hueca de Kuni lo ha hecho bien. Pues por ahora has terminado tus tareas, ve a la cubierta de recreo con la Sra. Lotte.

La chica no sabía cuál era la cubierta de recreo, pero le daba vergüenza preguntar, así que salió de la cocina y buscó a Ereleig. Lo vio cerca de la proa, restregando la madera del suelo con un cepillo, que de vez en cuando mojaba en un cubo que tenía al lado. Fue hasta el chico.

- Hola, ¿sabes cuál es la cubierta de recreo?
-Hola Opalena ¿Ya has terminado?
-Sí, y el Sr. Cook me ha enviado a la cubierta de recreo.
-Pues no se cual es –el chico se levantó y paseó la mirada por la cubierta, Miss Egane estaba al timón así que el chico puso las manos a los lados de la boca para hacer bocina y gritó- ¡Miss Egane! ¿cuál es la cubierta de recreo?
-Por favor Ereleig, no grites – le susurró Opalena.
-Pero está muy lejos, mira ni se ha enterado, mejor ve tú y pregúntale.
-¿Yo?
-Claro, yo tengo que terminar de limpiar la cubierta.
-Si quieres ya acabo yo, tu ve a preguntar ¿vale?
-De acuerdo, ahora vengo.

El chico le dejó el cepillo y fue hasta el timón, habló un momento con la timonel y volvió con la muchacha.

-Dice que es la primera sala del segundo nivel –le tendió la mano para que le devolviera su cepillo, la chica se lo devolvió-.
-¿Te queda mucho?
-No casi estoy, si te vas ya podré limpiar ese trozo –la chica no se movió- estás en medio del trozo que me falta.
-Perdón, ¿Cuándo acabes vas a venir?
-¿A dónde?
-A la cubierta de recreo.
-No lo sé, no sé si tengo que hacer algo más cuando acabe.

Opalena entendió que tendría que ir sola. Se despidió del chico y fue a la boca de las escaleras. Bajó el primer tramo y vio unas puertas con grandes mirillas transparentes, se acercó y miró el interior de la estancia. Era luminosa, con una mesa grande y dos pupitres. Junto a la pizarra, colgada en uno de los lados, estaba la Sra. Lotte. La chica entró en la sala.

-Buenas tardes Sra. Lotte, el Sr. Cook me ha dicho que viniera aquí.
-¿Ya has terminado? Que rápida, ¿Está contento el Sr. Cook contigo?
- Bu, bueno, cre, creo que sí.
- Estoy segurísima, y verás que menús tan exquisitos nos ofrece ahora que le vas a ayudar. Bien, hoy aprenderéis las letras y sus diferentes sonidos y según como vaya empezaremos a utilizar la pluma. ¿Tardará mucho Ereleig?
-No lo sé.
-¿Pues que te parece si charlamos un rato mientras viene? ¿Dónde trabajabas antes de venir aquí?
-En las cloacas.
-¡Ohhhh! Vaya, eso no debía ser muy agradable. ¿Y qué hacías exactamente?
- Estaba en la primera sección de recogida. Con palas sacábamos los desperdicios de mayor tamaño.
- ¿Y antes de estar allí?
-Trabajaba en la casa de los Duques de Pema, era criada del servicio.
-¿Y antes de eso?
- Por lo que recuerdo siempre estuve allí.
-¿Y tus padres?
- No lo sé, no sé quiénes son, en la casa me cuidaba la hija del jardinero, hasta que la echaron del servicio.
La Sra. Lotte notó la incomodidad de la muchacha y decidió no indagar más en su pasado, aunque estaba ansiosa por que le explicara cómo era la vida en la casa del Duque, si había algo que perdiera a la mujer era su marcado gusto por el cotilleo. Por el momento se contentó con lo que le había sonsacado. Para pasar el rato sacó su bastidor.
- Mientras esperamos a Ereleig voy a trabajar un poquito si no te molesta.
-No señora.
-Es un trabajo que tengo muy retrasado –la mujer quitó con cuidado el trapo que cubría la labor y se lo mostró a la chica- Es para un velero de la comandancia de An-dro, se llama Bienguiado, pertenece al hijo de Madame Leire, es buen muchacho pero muy atolondrado, le va ha hacer mucha falta esto. ¿Sabes bordar Opalena?
-No señora.
-¿Te gustaría aprender?-la muchacha abrió mucho los ojos-.
-¿Yo?
-Sí claro, es estupendo para pasar el tiempo y sobre todo a bordo de un barco, hay singladuras muy, pero que muy aburridas; y es muy útil, coges un vestido normal y corriente y lo transformas en una obra de arte. Por ejemplo, tu delantal, es igual que cientos de delantales de cualquier sitio, pero con sólo bordarle tu inicial, una bonita “o” ya es diferente y especial. ¿No te gustaría?
-Pu, pues sí, si no es mucha molestia.
-¡Sera un placer niña! Miss Egane no coge una aguja ni para zurcirse las calzas, se lo hace Hidie; y la capitana no tiene muy buen pulso para el bordado, por eso ella prefiere pintar, claro que de viaje no puede hacerlo. ¿Te imaginas pintar seda con todo este movimiento? Acércate más, que no te va a morder
.
La muchacha se puso junto a la Sra. Lotte y contempló los dibujos. No entendía muy bien qué eran, había animales y objetos, algunas personas en distintas posiciones; y en cada esquina del trapo, un ojo grande. Cada ojo era de diferente color, el resto del bordado era en color negro. La chica lo tocó con mucha suavidad, el hilo era muy suave. Al tocar la tela notó como si ésta tuviera pegamento y retiró de inmediato la mano. La Sra. Lotte le sonrió.

-Es seda de araña maestra, por eso es pegajosa. Es más cómodo y mucho más útil que tener banderolas de posición; esta tela la puedes poner sobre cualquier superficie y allí se queda. Que la quieres a proa sobre el mascarón ¡ningún problema! ¿Te apetece ponerla sobre la vela mayor? Allí que va, y luego cuando te cansas, la cambias al foque, o la dejas ondeando en la botavara. Voy a buscar un bastidor pequeño, empezaremos por tu delantal, vas a bordarle una “o” ¿Te parece bien?

La chica asintió con la cabeza y la mujer rebuscó por el armario. Sacó un aro de madera no muy grande. Opalena se quitó el delantal. La mujer le enseñó cómo colocar la tela en el aro y cómo tensarla para que quedara perfecta. Luego dibujó una “o” en el centro de la tela tensada y bajo ésta una ramita florida.

- Lo primero es saber enhebrar la aguja correctamente. Coges el hilo, humedeces un poco el cabo para que quede tieso y con cuidado lo pasas por el ojo de la aguja. Toma, prueba.

Lotte le entregó una aguja y un trozo de hilo. La muchacha siguió los pasos tal como le había indicado y enhebró la aguja con total facilidad. Le enseñó el pespunte, el festón y la cadeneta y quedó sorprendida de la facilidad y destreza que tenía la chica con la aguja.

Ereleig había terminado de fregar la cubierta, vació el cubo y buscó a alguno de los hermanos Uxiàn. Encontró a Corma saliendo a la cubierta y le preguntó si debía realizar alguna otra tarea. El hombre le respondió que no, así que Ereleig se fue a la cubierta de recreo. Bajó las escaleras y entró en la sala. La Sra. Lotte y Opalena estaban al lado de una de aquellas ventanas redondas haciendo algo en unos trapos. Carraspeó un poco para que supieran que estaba allí. La mujer y la chica lo miraron.

- Por fin has acabado, bueno, tendremos que dejar el bordado para más tarde. Id a los pupitres y empezaremos la lección.

Al no haber ido a ningún tipo de escuela los chicos no podían saber si el método de la Sra. Lotte era el más indicado. Pero lo cierto es que las tres horas que los tuvo allí se les pasaron muy deprisa. Ambos chicos estaban muy contentos de todo lo que habían aprendido. Tras la clase la Sra. Lotte envió a Ereleig a la cocina a por té de frutas rojas. Una vez lo trajo le permitió ir a hacer lo que prefiriera. Opalena terminó el bordado de su delantal justo cuando Ereleig le traía recado del cocinero para que volviera a la cocina. En breve sería la cena.

El comedor de La Marygalante era amplio y muy luminoso, las grandes cristaleras permitían la entrada de la luz y la visión del mar. Estaba en calma y de un oscuro azul ribeteado de espuma blanca de las casi imperceptibles olas.

El cocinero entró en el comedor empujando el carro de cocina y con Opalena tras él. En la mesa estaba toda la tripulación humana. El Sr. Eivioc cuidaba el timón y el Sr. Dandy seguía en la cofa. El Sr. Cook comenzó a emplatar la comida y le pasaba los platos a Opalena, que procuraba servirlos sin que se le cayeran de las manos. La abrumaba tener que acercarse tanto a aquellas personas que apenas conocía. Al llegar el turno del sr. Lay casi se le cae la comida sobre él, pero con un ágil movimiento el hombre cogió el plato y lo dejó sobre la mesa. Miró a la chica con una sonrisa.

- Bonito delantal, ¿lo has bordado tu? - la chica enrojeció y bajó el rostro, la Sra. Lotte respondió por ella-.
- Sí, lo ha bordado ella y en tan sólo un par de ratitos, tiene unas manos estupendas para la labor.
- Y para la cocina -aseguró el cocinero-. Si no supiera de dónde viene, sólo por como trincha, habría dicho que de Opíparos Cucharones, la única escuela de cocina que merece la pena en todo Komo.
- Ciertamente esta cena tiene un aspecto y olor deliciosos -comentó la capitana-.

Opalena acabó de repartir los platos a cada comensal y cuando el Sr. Cook preparó otro quedó extrañada, el cocinero le indicó dos servicios más que había sobre la mesa, aunque las sillas estaban vacías. La chica dejó los platos en los respectivos lugares. El Sr. Cook tomó asiento y le indicó que se sentara a su lado, en el otro lugar que quedaba vacío.

- ¿Alguien desea ser el primero en bendecir la mesa? -preguntó la capitana-.
- Con permiso -dijo Kuncita-. Gracias Gran Generador de la Energía Universal, por compartir esta comida, hecha con tanto cariño. ¡Otsukaresama Itadakimasu!
- Gracias -continuó la Sra. Lotte- por la fortuna de compartir este lugar y estos alimentos aquí y ahora.
- Grecias a les manus que properen des alumantus tene rico -dijo Corma.
- Rico e tan billo cos Egane -apuntó Hidie giñandole un ojo a la timonel.
- Gracias, de nuevo, por tener alimentos en la mesa - el Sr. Refrany lo dijo llevándose una mano al corazón, la forma de dar las gracias de su región.
- Gracias por estos alimentos y gracias a las manos que los han preparado - agradeció Egane-.
- Gracias dulce Gaia por darnos tu vida para perpetuar la nuestra -el Sr. Cook hizo un gesto ante su plato mientras lo decía-.

Ya sólo quedaban los chicos y la capitana. Cómo las miradas iban dirigidas a ellos Ereleig dedujo que era su turno de hablar, como en el brindis al zarpar. Cómo era demasiado nuevo para él simplemente dijo gracias, al igual que hizo Opalena aunque con un hilo de voz y sin alzar el rostro. La capitana tomó la palabra.

- Gracias por esta comida que seguramente será la más exquisita tomada en esta nave, hasta el momento. ¡Otsukaresama Itadakimasu!

Si la comida olía bien, el sabor era aún mejor. Durante los siguientes cinco minutos no se oyeron más que los cubiertos y los suspiros de gusto; los más sonoros los del Sr. Lay. Tras los postres cada uno fue a continuar con sus labores. Opalena y Ereleig se quedaron en la cocina fregando los platos.
El Sr. Cook les dijo que una vez hubieran terminado tenían tiempo libre. Los chicos subieron a la cubierta y se quedaron allí contemplando el mar y el sol, que comenzaba a declinar. El Sr. Lay se les acercó.

- ¿Que os ha parecido vuestro primer día en La Marygalante?
- Muy bien señor -contestó Ereleig.
- ¿Os gusta vuestro trabajo?
- Sí señor, ¡Mucho! - volvió a contestar el chico-.
- ¿Estáis contentos de estar aquí?
- Ho sí, mucho, ¿Verdad Opalena? -preguntó Ereleig y la muchacha asintió con la cabeza-.
- Me alegra, eso quiere decir que el corazón no me ha fallado, por esta vez. En breve llegaremos a Emmerald y dormiremos en una pensión, tened listas vuestras cosas para pasar la noche fuera del barco. En tierra lo mejor será que Opalena se quede con la Sr. Lotte y tu Ereleig te quedarás conmigo, a no ser que prefieras ir con los Uxián.
- Me quedo con usted señor -contestó enseguida el chico-.
- Perfecto entonces. Podéis quedaros aquí un ratito más si os apetece, pero tened vuestras cosas listas antes de entrar en el puerto.

El hombre se fue al castillo de popa y los chicos, al poco, a su camarote a preparar lo poco que tenían. Cuando Opalena entró en la habitación se asustó, pues pensó que había alguien dentro, tardó unos instantes en comprender que era su reflejo en el espejo. Sobre la mesita había una caja de un bonito color naranja, con una cinta para poderla cerrar, ideal para llevar sus cosas. Aún no había abierto el paquete que el Sr. Lay le había dado al subir al barco, que eran las compras en la tienda. Se trataba de una muda completa de ropa, un camisón, un cepillo para el pelo y otro para los dientes, un frasquito de pasta dental e hilo. Envueltas en papel de seda dos mudas interiores, las primeras mudas nuevas de toda su vida. Lo puso todo dentro de la caja, puso la tapa y le pasó la cinta. Cogió su capa y se la puso. Se miró en el espejo, casi parecía la pequeña señorita de Pema cuando iba a pasar la noche a casa de su amiga la hija de los Conde-duques de Valleviñariqüeñas, claro que ella llevaba un baúl y dos cajas de viaje más que Opalena, e incluso su caja de mano era más grande que la que se reflejaba en el espejo. Fue entonces cuando recordó que al instalarse allí, unas horas antes, no había un espejo tan grande. Ni aquella caja y, al fijarse con más atención, tampoco la estantería sobre la cama, ni el perchero tras la puerta. ¡Se había equivocado de habitación! Pero entonces, ¿Por qué estaban sus cosas allí? Llamaron a la puerta.

- Opalena ¿puedo entrar? -la muchacha no respondió del asombro de que le pidieran su permiso-. 
-¿Opalena? ¿Hola?
- ¿Señora Lotte? -preguntó la chica-.
- Sí, soy yo ¿Puedo entrar?
- Sí, señora, claro.

La mujer entró. Se había puesto un precioso vestido de seda y terciopelo púrpura, con bordados en hilo de plata. Llevaba una caja de viaje tres veces más grande que la de Opalena.

- Ya hemos avistado Emmerald, vamos a cubierta, en nada estaremos paseando por el boulevard de la Calle Libretería e iremos a tomar té al Antro, hace tanto que no estaba en Emmerald. Yo estudié aquí, es una isla maravillosa. Mañana desayunaremos en la posada e iremos a comprar todo lo necesario para vosotros, también pasaremos por la biblioteca a por libros, la biblioteca es preciosa, de las más bonitas y agradables en las que he estado y he pisado muchísimas bibliotecas, pero la de Emmerald es la mejor, ya te enseñaré -unos ladridos interrumpieron a la mujer-. El Sr. Dandy anuncia puerto vamos a cubierta.

El resto de la tripulación estaba ya preparada para la maniobra de atraque. Una vez en el amarre asignado los hermanos Uxián deslizaron la pasarela y desembarcaron. Tras ellos fueron la Sra. Lotte y Opalena, el Sr. Cook, mis Egane, el Sr. Refrany, Ereleig y Kuncita. La capitana y el Sr. Eivioc se quedaron en el barco, Larimar saludó con la mano y, seguida del perro, volvió a su camarote.

Los alegres ladridos del Sr. Dandy precedieron a la comitiva y, al llegar a la puerta de la posada, subió por la pared y se perdió entre los tejados de las casas. Siempre era el primero en bajar a tierra y el último en embarcar. Ereleig ya lo había visto trepar por el mástil y ya no pudo aguantar más la curiosidad, ya que era el único perro que había visto hacer algo así.

- Sr. Lay, ¿El Sr. Dandy puede volar?
- Algo así Ereleig.
- Pero es un perro ¿no?
- Eso parece - se dirigió al resto de la tripulación-. Dejaremos las cosas en las habitaciones ahora.

Entraron en la posada. Una alegre estancia los recibió, con una enorme chimenea al fondo en el que crepitaba un alegre fuego verde. La posadera era una mujer alta y delgada, con una amable sonrisa. Ya les traía las llaves de las habitaciones. Le entregó un sobre a Kuncita y le susurró algo al oído. Luego saludó a todos los huéspedes con un caluroso apretón de manos. Los chicos eran la primera vez que recibían uno. Cada uno fue a su habitación.

La Sra. Lotte le dijo a Opalena que sólo dejarían las cajas y saldrían a pasear, quería enseñarle muchas cosas antes de ir a dormir, pero tenían que darse prisa. Llamaron a la puerta. Era Kuncita. Hablaron un momento en voz baja y luego dejó a Ereleig con las mujeres.

-Bien, pues en vez de dos, seremos tres a conocer la hermosa Emmerald, voy al baño un momento y enseguida nos vamos, esperadme abajo, en la sala ¿de acuerdo?

Los chicos bajaron de nuevo a la sala y se sentaron en un sillón junto al fuego. Mientras contemplaba aquellas llamas verdes Opalena no podía dejarse de preguntar cómo había desaparecido la escalera. La recordaba perfectamente. Tenía diez escalones, los había contado al subir y estaba justo en medio del barco. La sra. Lotte los llamó y salieron con ella a la calle. La noche de Emmerald los esperaba.



2 comentarios:

  1. Oohhhhh, como me encanta el viaje en La Marygalante y espero con impaciencia la noche en Emmerald¡¡¡Venga!!!

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