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miércoles, 1 de agosto de 2018

AVENTURAS EN LA MARYGALANTE Cap. 9

Querid@s Seguidor@s del Blog,

Si agosto es calienten en comparación con la situación de ADE es frío. Se están haciendo cargo de un rescate de 35 caballos PRE Pura Raza Español, la mayoría yeguas preñadas y ante esta situación se necesita toda la ayuda posible. Los animales están en una situación no muy saludable, algunos precisas hospitalización, así que una vez más estoy ayudando a difundir, con mis novelas, que podéis adquirir en su tienda solidaria, y también con mis terápias, si te apetece una sesión de Reiki, Cambio de Punto de Ensamblaje, Lectura de Astrología de la Tierra o un Masaje para tu Mascota ponte en contacto conmigo por privado en mi Pg. Facebook M.V.Pirenne, es donación voluntaria escojas la terapia que escojas y ya sin más el capítulo mensual:



CAPÍTULO 9

ASUMIR LAS CONSECUENCIAS

Kuncita puso rumbo a Puerto Principal, si el viento no amainaba ni cambiaba de dirección llegarían en muy poco. Se había enrollado en un brazo el cabo de la botavara, para poder poner mayor atención al timón. Larimar había envuelto a Opalena en una manta y ahora limpiaba el agua que había vomitado el Sr. Eivioc. El animal se sacudió nuevamente y vomitó otra vez, pero se esforzaba por mantenerse sobre las cuatro patas, lo que era buena señal.

Esa fue una de las ocasiones en las que ambos tripulantes se impacientaban por llegar a puerto y al unísono gritaron un "Gracias, Gracias, Gracias" al entrar por la bocana. No podían ir mucho más allá, ya que el puerto estaba al completo. Una vez anclada La Marygalante se permitieron un momento de descanso. Se quedaron sentados espalda contra espalda mientras respiraban. El Sr. Eivioc se echó al lado de Larimar y le puso la cabeza sobre las piernas, la mujer le acarició entre las orejas. Tras un rato, y ya calmados, Kuncita buscó la mano derecha de Larimar y se la apretó.

- Menudo susto, tenía ganar de bañarme, pero en la bañera y con Osasti.
- Si te das prisa y el viento no arrecia podrías llegar a tiempo de una cena tardía, mira si hay algún carro que vaya a Cetreo.
-Lo dudo, y no sé si es muy prudente dejaros solas.
-Lay, prefiero que mires si puedes llegar y vayas al hostal, Opalena sólo necesita seguir durmiendo, al igual que nosotros. Si das el aviso a la comandancia te lo agradeceré mucho, así cierro La Marygalante, tal cual está, hasta mañana y podremos descansar todos.
- ¿Estás segura?
- Completamente, resuélveme el papeleo y mañana, con calma, ya decidiré cuando proseguimos- la mujer miró el cielo- date prisa, antes de que comience a llover más intensamente.
- Voy calado hasta los huesos, me cambio y voy. Ábreme una puerta, y ya de paso puedo bajar a Opalena.
- Ahora mismo, déjame un segundo que cojo la documentación de la bitácora.

La capitana abrió la portezuela y sacó el cuaderno y la documentación de La Marygalante. Luego fue a la popa y abrió una puerta. Kuncita cogió en brazos a Opalena y la bajó hasta el camarote. La dejó en la litera de abajo y, por si acaso, le ató la correa de seguridad. Al salir Larimar le tendió una bolsa con la documentación y el dinero para pagar el amarre y el hostal.

- En principio quedaos en Cetreo hasta que os avise, a ver qué tal pasamos la noche y cómo se levanta mañana. Llévate al Sr. Eivioc, necesita una buena comida, que duerma con el Sr. Cook. Gracias Lay.
- Opalena también está bastante calada.
- Gracias, en cuanto salgáis iré con ella -Larimar acarició al perro- bien Sr. Eivioc, vas a ir con Lay, sé buen chico y no lo pierdas.

El can miró a Larimar y le restregó el morro en la pierna, la mujer lo abrazó, le rascó entre las orejas, le dio un beso sobre el principio del puente del morro y lo dejó ir. Kuncita dejó pasar al perro y salió a cubierta. En cuanto pisaron el suelo La Marygalante recogió la pasarela y se cerró por completo.

En la comandancia lo estaban esperando. Se apuntó la entrada de la nave y le comentaron que el temporal amainaba. La previsión bajaba a 2 la magnitud del temporal, así que el segundo no tuvo mucho problema en conseguir trasporte a Cetreo.

Larimar bajó al camarote. Opalena seguía inconsciente, así que con cuidado le fue quitando la ropa mojada y se la cambió por un camisón. La tapó con una manta seca y le pasó las correas de seguridad. Salió para tender la ropa y cambiarse también ella.

Ante la puerta de su camarote encontró un atado de ropa mojada. Lo cogió y lo entro a su camarote. En su cubo de ropa dejó todo lo que llevaba en las manos y, tras cambiarse y ponerse también un camisón, la ropa que había llevado puesta. De uno de los cajones de su escritorio sacó el cordel de tender y pinzas. Puso su cubo de limpieza al lado del de la ropa y fue escurriendo bien cada prenda, con cuidado de no salpicar el suelo. Tras su ropa y la de Opalena, le llegó el turno al atado. Deshizo el nudo y se encontró con el peine, la camisa y la muda interior de la muchacha, se fijó en la tela de dónde lo había sacado; era el pañuelo de Opalena. Una sospecha cruzó su mente.

- Mary ¿Cómo ha llegado todo esto a la puerta de mi camarote? -sintió la respuesta de la nave- ¿Qué? ¿Estás segura? Pero, entonces, es como si hubiera planeado huir.

La mujer acabó de tender la ropa en absoluto silencio. Era la primera vez que se encontraba ante un caso de deserción. La normativa en la Marina Mercante era muy estricta en estos casos: tatuaje y destierro en Mastrara, dos años los tripulantes, cinco los oficiales, e inhabilitación, tres años para los tripulantes, quince para los oficiales. A los grumetes se los tatuaba por dos años, lo que les dificultaba poder enrolarse en otro barco, hasta que la piel absorbía la tinta y el tatuaje desaparecía.

Volvió al camarote de la chica, a comprobar su estado. Seguía dormida o, lo simulaba. La duda tocó el ánimo de la mujer, que ajustó las correas de seguridad y les trabó la apertura, ahora no podría salir de la litera hasta que ella lo decidiera. Una vez terminada esta precaución volvió a su camarote y se concentró en reparar el bauprés. Una vez a punto decidió preparar un poco de estopa y brea para reparar el calafateado.

Sacó la caja de los hierros. La desenvolvió con cuidado. Con el índice resiguió la N grabada y recordó a Narmor, el maestro calafate que se la había regalado. En cualquier otro momento se le habría instalado una sonrisa al evocar sus días con Narmor, pero hoy, tras todo lo sucedido, y con la impresión de la fuga de la muchacha, un torrente de lágrimas salió sin control de sus ojos y, la sensación de pérdida se le hizo tan insoportable que volvió a guardar la caja. Fue a la cocina y se sirvió una taza de té blanco, con media dosis de esencia de clavo, en cuestión de quince minutos la capitana estaba dormida.

En el Marítim la tripulación se apiñaba junto a la chimenea. Cada uno ensimismado con sus pensamientos. Sin pretenderlo todos esperaban el regreso de Kuncita. Una enorme ola había golpeado el edificio y, pese a que no había ocasionado ningún desperfecto, todos los pensamientos de la tripulación fueron hacia los oficiales, ya que estaban expuestos a la tormenta.

Habían cenado en silencio,  retirado a uno de los sillones junto a la chimenea, y allí continuaban. Osasti se les unió al terminar sus tareas. Llevó su mecedora y su labor y se puso a terminar el jersey que le tejía a Kuncita, se lo tendría que probar, porque desde la última vez que habían estado juntos había crecido, o de tanto tiempo había olvidado lo alto y fornido que era. Lo que más le gustaba a Osasti del cuerpo del marino eran sus brazos, tan fuertes y cálidos. Un abrazo suyo la hacía sentir segura y protegida. Tal vez por eso le costaba tanto renunciar a ser su novia en Cetreo, porque ella sabía que el hombre tenía muchas otras novias. Una en cada puerto, en algunos dos y en otros aún más, pero en Cetreo ella era la única y lo amaba, lo amaba de una manera muy especial. Sus padres la entendían y no le insistían en que buscara otra relación más próxima. Otros no lo comprendían en absoluto, pero ella se sentía muy afortunada con los escasos momentos que compartían juntos y con las hermosas cartas que recibía de él, puntualmente, cada tres meses. Además, una relación así le permitía seguir con su vida y sus aficiones sin restricción de ningún tipo. Pero en estos momentos, a pesar de procurar no estarlo, se sentía intranquila. Su mayor deseo era que se abriera la puerta y entrara. Mientras tejía comenzó a rezar a Deva, la diosa de las aguas, a pedirle que calmase aquella tempestad y guiase a su amor, con seguridad, hasta el umbral del hostal.

Llamaron a la puerta y ésta se abrió. Kuncita cruzó el umbral con una sonrisa, lo que calmó de inmediato a la tripulación. Osasti se levanto y fue corriendo hasta él, abrazándolo tan fuertemente que el hombre se puso a reír.

-¡Cariño! ¿Se te ha ocurrido pensar que no iba a volver? ¿Que iba a perderme una noche deliciosa contigo? ¡Nada podría impedírmelo! Ni las olas de diez metros, ni la mismísima Deva que me lo pidiera -Sin esperar respuesta la besó.

Detrás de la pareja asomó un fino morro marrón claro y blanco. El Sr. Eivioc no se atrevía a ir más allá. El cocinero lo descubrió y lo llamó con suavidad.

-Sr. Eivioc, adelante pasa. Ven, anda ven aquí.
Kuncita recordó al can y el encargo de la capitana.
-John, por favor, Larimar te pide que le prepares una buena cena y que esta noche duerma contigo, si Roc está de acuerdo.
El timonel asintió con la cabeza y el perro entró en la sala y fue hasta la chimenea, dónde se estiró en la alfombra y cerró los ojos. La Sra. Lotte se levantó y fue hacia el segundo.
-¿Opalena se queda en el barco y el Sr. Eivioc no?
- Sí Sra. Lotte y, con todos mis respetos, su curiosidad tendrá que esperar a mañana, por orden de la capitana estoy libre de servicio hasta mañana a su señal, así que con permiso-el hombre cogió a Osasti en brazos y subió las escaleras hasta el primer piso, se giró y grito- ¡Buenas noches!
-¡Buenas noches! -coreó el resto de la tripulación.

Emma volvió a la chimenea, John salió hacia la cocina a pedir permiso y preparar comida para el perro. Roc sacó una libreta y se puso a escribir. Mis Egane se levantó y los hermanos Uxián la imitaron. Corma se adelantó un paso a la mujer y tendiéndole el brazo le propuso.

-Yo pujo a tu las escaleras a braços. ¿Querés?
- No, gracias Corma, me gusta subir las escaleras por mí misma.
- Es dóra, ¿Querés jogar una partida de Senet?-le preguntó Hidie.
- Eso estaría bien, sí, pero sólo una.

Hidie siguió a la mujer, se giró y le guiñó el ojo al timonel, que al oír la propuesta había alzado la vista de su libreta. El sr. Refrany le respondió con un gesto de la cabeza y el menor de los Uxián subió a la habitación de la timonel más contento que en un día de paga. Corma se encaró con el timonel.

- Tú trampa, tú faces cop de má a Hidie.
- A quien madruga el creador ayuda.
El hombre volvió a su libreta sin hacer el menor caso de los refunfuños de Corma.
- Corma, si quieres podemos jugar una partida al Destino del Cisne.
- No gracias Seña Lotte, mi no gusta jogar.
- Pues es lástima, a Egane le encanta el Destino del Cisne.
-¡Pronto! ¿Com se joga?

Emma pidió una baraja en recepción y enseñó a jugar a Corma y a Ereleig. John regresó de la cocina con un bol que contenía algo realmente suculento, ya que el Sr. Eivioc, que parecía profundamente dormido, levantó la cabeza y, al ver al cocinero, se alzó de un salto y moviendo la cola como un abanico ladró.
- Venga Sr. Eivioc, lo come en la habitación. Roc, yo ya me quedo arriba, dejo la puerta abierta, ven cuando quieras.
- Cuando acabe esto, gracias John.

El cocinero y el perro subieron las escaleras hasta el segundo piso. Los aprendices de Destino del Cisne siguieron enfrascados en su partida hasta bien entrada la noche. A Egane le costó bastante derrotar a su adversario, y era ya pasada la media noche, cuando sus chacales acorralaban por completo a los perros de Hidie. Kuncita disfrutó el baño caliente, el masaje y la amplia cama de Osasti que deshicieron varias veces a lo largo de la noche.

Cuando el sol comenzó a apuntar por el horizonte Opalena se fue despertando. Había tenido sueños extraños. El cuerpo le pesaba tanto que no era capaz de levantar los brazos. A medida que se hacía más consciente comenzaba a recordar los sucesos del día ¿Anterior? Abrió los ojos y miró en derredor. Estaba en un lugar oscuro, pero cálido.

Larimar comenzó a despertar del sueño inducido, con una sensación de sopor en la cabeza que la obligaba a moverse muy lentamente. Salió a cubierta para que el aire la despejara un poco. La ligera brisa de la madrugada jugó con su cabello. Contempló el horizonte que comenzaba a clarear por el este. Las estrellas aún brillaban con intensidad en el cielo. Aspiró el aroma del salitre y, siguiendo la tradición materna, alzó los brazos ante ella mostrando las palmas al lugar por dónde saldría el sol, y en su mente dio las gracias por estar un día más en este universo y ofrecerse a su servicio. Agradeció el privilegio de capitanear a La Marygalante, agradeció el contar con una tripulación tan especial y pidió el valor, y la coherencia suficiente, para resolver la deserción de Opalena de la manera más rápida posible. Se quedó en esa misma posición hasta que sintió los rayos del sol en las palmas de las manos. La Marygalante la avisó de que Opalena se había despertado.

La chica intentó incorporarse, pero algo se lo impedía. Al querer mover los brazos comprendió lo que sucedía, estaba atada. Entonces los recuerdos volvieron de golpe y supo que volvía a estar en la nave, a merced de aquella bruja. Forcejeó inútilmente, aquellas correas la atrapaban por completo y, aunque no le herían la piel, le impedían el más mínimo movimiento. Un sentimiento de derrotismo se apoderó de su ánimo y simplemente se rindió. Cerró de nuevo los ojos y deseó dejar de existir.

Larimar había barrido y fregado su camarote, limpiado los cristales, recogido la ropa, que ya estaba seca y la había doblado y apilado sobre su escritorio. Después se había vestido y peinado. Una vez serena y con las ideas claras fue al camarote de Opalena. Antes de entrar  pidió a La Marygalante que retirara las correas de la litera.

La chica sintió un roce en los brazos y piernas. Asustada se encogió, instintivamente, sobre sí misma y descubrió que estaba libre de sus ataduras. Ni lo pensó. Se incorporó y abrió la puerta. Allí estaba la capitana. La muchacha bajó la cabeza y se quedó allí, inmóvil, a esperar su castigo.

- A mi camarote por favor.

La chica salió por la puerta sin levantar la vista. Ando por el pasillo y entró en el camarote de la capitana. Se atrevió a mirar un poco, sobre el escritorio estaban su pañuelo y sus escasas pertenencias. Cuando la mujer entró tras ella, y se sentó en su silla, Opalena volvió a mirar al suelo, a la punta de sus pies descalzos. Durante un momento sólo hubo silencio. Luego Larimar comenzó a hablar.

- Ante todo quiero presentarte mis disculpas, quiero disculparme por no haberte informado correctamente de las normas a bordo de La Marygalante. He sido negligente en mis deberes de anfitriona dejándolos en un último plano y ocupándome en exclusiva de los mapas de rutas. Lo siento mucho Opalena -la chica siguió callada y mirando al suelo- Siento no haber mostrado el interés suficiente en ti y en Ereleig, no haberos ofrecido el tiempo necesario, ni la debida atención como nuevos tripulantes de la nave, he delegado por completo todo lo referente a vosotros en la Sra. Lotte y en el Sr. Lay. Lo siento, lo siento mucho, espero que puedas perdonarme -Opalena no respondió, así que se hizo un largo silencio. 

La muchacha no comprendía lo que estaba oyendo y el tono sereno de la capitana la había desconcertado, ella esperaba una agria reprimenda, como las que solía dar la Archiduquesa, o una retahíla de gritos e insultos, como los del mayordomo de la casa de los Pema, o el frío desprecio de las broncas de su gerente en las cloacas. Y, si había entendido bien, la capitana le había pedido que la perdonara. Le pedía disculpas y perdón ¡A ella! El silencio se alargaba y la chica comenzó a sentirse confusa e incómoda. Lentamente alzó el rostro y se atrevió a mirar a la capitana a la cara y lo que encontró fue una mirada serena, que no logró sostener, así que bajó de nuevo el rostro.

- Comprendo que te sea difícil por el momento, así que vamos al segundo punto de esta charla. Por lo que deduzco de la situación, y por tus pertenencias empaquetadas, no deseas seguir con nosotros. La deserción es una falta muy grave, y está penalizada duramente. Puesto que has estado muy poco en el barco y ya que la responsabilidad de lo sucedido es en gran parte mía, asumo las consecuencias de tal responsabilidad, y por mi potestad como capitana de esta nave declaro este incidente "no ocurrido" -ahora la chica alzó el rostro y miró a la mujer completamente sorprendida- Sólo lo sabemos tu, La Marygalante y yo, si tú lo borras de tu memoria, nosotras también lo haremos. ¿Estás de acuerdo?- Ante el silencio de la muchacha la mujer repitió la pregunta a la que Opalena respondió con un gesto afirmativo de la cabeza- Bien, asunto anulado y ahora el tercer punto. Por mi parte no tengo ninguna queja de tu servicio como grumete y me consta que el Sr. Cook tampoco, por ello te pido que reconsideres tu decisión de dejar la nave. De querer hacerlo te llevaré al Orfanato Estatal, aunque ahora seas una trabajadora libre, por tu edad, es mejor que te quedes allí mientras buscas un nuevo empleo, aunque te repito que por nuestra parte no tenemos queja alguna de tus servicios y nos satisfaría seguir contando con ellos.

Opalena no era capaz de entender lo que la mujer decía. ¿Le estaba pidiendo que se quedara en el barco? ¿Le decía que la dejaba en el orfanato si ella quería?¿Había dicho trabajadora libre?

- Opalena, es un poco difícil mantener esta conversación si no hablas, sé honesta, di lo que prefieres. Si lo necesitas te doy un poco de tiempo. ¿Quieres desayunar? No has comido nada desde ayer por la mañana y el encuentro con el barco y, bueno todo en general. ¿Te apetecen hojas bretonas? Con mermelada de ciruela son deliciosas -Opalena siguió sin responder- Bien pues como hasta que te decidas a marchar soy la capitana, vamos a comer.

Larimar se levantó y salió del camarote, no esperó a ver si la chica la seguía o no, acababa de decidir que si volvía a escaparse no la detendría, enviaría un aviso al orfanato para que la retuvieran y le llevarían su ropa, su sueldo de aquellos días, un extra para que se apañara mientras encontraba trabajo, y una carta de recomendación, para que lo hiciera rápido. Cocinar también la ayudaba a calmarse cuando se ponía nerviosa, así que cogió harina de sarraceno, de garbanzo, leche de almendras y se puso a batirlo hasta conseguir una crema homogénea y espumosa. La fue cocinando por cucharadas sobre la placa de piedra hasta conseguir unas doradas hojas, flexibles y apetitosas. Una vez terminó de cocinarlas las fue rellenando de mermelada y enrollándolas. Al ir a coger los platos vio que Opalena estaba en la puerta de la cocina.

Cuando la capitana  había salido, lo primero que pensó la chica fue en coger su pañuelo e irse, pero entonces creyó oír una música. Prestó atención y lo volvió a escuchar, era como una especie de sonido grave, rítmico y profundo. Miró por la ventana del camarote y no vio más que agua. De nuevo, aquel sonido y esta vez fue claro, lo oyó como si penetrara por las paredes y sin entender porqué rememoró la sensación de tranquilidad que había sentido en la mesita del rincón, cuando trinchaba verduras, y una duda se instaló en su ánimo ¿Y si estaba equivocada? Salió del camarote y fue a la cocina. Se quedó en la puerta, sin hacer ruido ni entrar, y desde allí observó a la mujer que cocía las hojas bretonas.
Sus miradas se encontraron y Larimar la invitó, con un gesto, a entrar. Opalena se sentó y la capitana le sirvió un plato con cinco rollos de hoja bretona y, un gran vaso de leche de coco. Ella se sirvió lo mismo y, tras dejar los rollos restante en medio de las dos, hizo el gesto habitual ante el plato de Opalena, el suyo.

- Otsukareama, Itadakimas.
- Gracias señora.
Larimar cogió el primer rollo con las manos y engulló más de la mitad.
-¡Uhhmmmm! - la mujer masticó ostensiblemente y tragó-¡Están deliciosos! Pensaba que no me quedarían bien, después de tanto tiempo, pero me han quedado riquísimos.

Opalena probó uno y sí, aquello estaba buenísimo. En un momento terminó los suyos, pues, de golpe, sintió un hambre atroz. Larimar le volvió a llenar el plato y la chica lo dejó limpio en poco tiempo. Acabaron los rollos, bebieron el vaso de leche y Larimar sonrió a la chica.

- Las penas, con el estómago lleno, son menos penas. Es lo que diría ahora el Sr. Refrany. El Sr. Lay seguramente diría ¿Dónde están las mías? Esto también ha de ser un secreto entre nosotras, si se entera que he preparado hojas y no le he guardado ni una se enfadaría mucho, le pirran las hojas bretonas. Es novio de Taraya únicamente porque las prepara bien.

Se hizo un nuevo silencio, que se prolongó hasta que Larimar se levantó, recogió los platos y se puso a fregarlos. Cuando terminó volvió a la mesa con dos tazas de infusión de frutos rojos. Se sentó frente a Opalena, tomó un trago de la infusión y se decidió a preguntarle.

- ¿Qué es lo que te preocupa Opalena?
- ¿Esto es un barco pirata?
- Corsaria, La Marygalante es una nave corsaria. Lo es, cuando la ocasión lo precisa - Opalena bajó el rostro decepcionada, pensaba que la mujer lo negaría- ¡Oh! Ahora entiendo, claro, trabajaste para los Pema. Has debido oír historias, historias de la Bruja Nola, la infame pirata que rapta a los herederos nobles para comerlos- Opalena asintió con la cabeza- Mírame Opalena, por favor - la chica alzó el rostro y la miró temerosa- Sí, es cierto, soy la Bruja Nola y sí, es cierto, he raptado a algunos jóvenes nobles. Hay ocasiones en los que mis actos no se han amoldado a la legalidad del lugar. En ciertos momentos de mi vida he tomado decisiones y asumido las consecuencias de ellas. Me fugué de la prisión de Barat-Dum y ello me incluyó en el catálogo de reos fugados del sistema Dagobá. También hay una orden de captura a la Bruja Nola en Hidún y en Bibuya. Pero procuro ser más consciente de mis actos a medida que aprendo y, pese a la mala fama, no me arrepiento de ellos - Opalena bajó de nuevo el rostro al oír aquello y se sintió mal, comenzó a sentir náuseas ante aquella confesión- pero hay algo que te quiero dejar muy claro. Algo que es totalmente falso hasta el momento. NO soy antropófaga, ni yo, ni nadie que haya pisado esta nave.





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